Artista Visual. I'm not here to be average.

Jeroglífico

El tiempo se está acabando. La humedad colapsa mis pulmones y la desidia vence cualquier atisbo de fuerza de voluntad. El agua se filtra por estas paredes de piedra que retumban tras cada relámpago, de los cuales apenas puedo percibir algo a través de la diminuta rendija del techo. Ni siquiera un trozo de fruta me han dejado, tan sólo una jarra de agua y este candelabro que no sé cuanto más durará encendido.

Cuarenta días me dieron. Cuarenta días que no acabarán sino por confirmar mi fracaso. Si tan solo dispusiera de una pista, un detalle que me guiara…

Juro que cuando pasen estas últimas 24 horas que restan para mi liberación, huiré a un país lejano y desconocido. El juego se habrá acabado. No seré capaz de admitir mi derrota. Sobreestimé mis capacidades.

Ahora el agua me chorrea en canal sobre la cabeza desde la rendija. Mientras elevo la jarra para rellenarla con agua de lluvia, observo un detalle del que no me había percatado antes: en la pared hay una serie de inscripciones, algún tipo de patrón gráfico. Suelto la jarra lo más cuidadosamente que mi nerviosismo me lo permite y comienzo a analizarlos.

La primera fila son cruces del tipo religioso, separadas por puntos. En la segunda fila hay representados relojes de arenas separados por líneas horizontales. La siguiente está formada por muchos símbolos de rayos, separados por triángulos, y la última fila es de cuadrados negros separados por una especie de tenedor o tridente.

Sin darme tiempo a analizar este último detalle de los tridentes, un estrepitoso trueno hace rugir toda la estancia, haciendo apagar las velas del candelabro, perdiendo yo el equilibrio sobre la mesa en la que estaba subido, cayendo de espaldas al suelo, el cual estaba ahora cubierto por más de un palmo de agua, y, si no es bastante sobresalto ya todo, dando de cabeza sobre una pared que cuando yo la había analizado era totalmente rígida e inamovible, pero que ahora ha cedido con el golpe y ha dejado al descubierto un pequeño corredor de apenas un metro de alto por un metro de ancho.

Pasada la confusión y a la vista que el agua no para de caer por la rendija a borbotones, no dudo en adentrarme a oscuras por el pasillo. Soy de los que prefiere la incertidumbre de lo desconocido antes que morir ahogado, no sé si me explico. Habré estado avanzando como una hora aproximadamente, a gatas por el oscuro corredor, cuando algo empieza a olerme a chamusquina. Soy una persona muy aventurera, me encantan los retos peligrosos, soy digámoslo así, una especie de Indiana Jones. Mis ansias de peligro me han llevado a conocer a personas muy extrañas, gente con gustos muy peculiares. No digo yo que la gloriosa fortuna que posee el Barón Rojo no hubiera tenido nada que ver en mi motivación por participar en este juego, pero el Barón es ese tipo de persona sádica que me inspira curiosidad por ver qué me tiene preparado. Pero también ese sadismo del Barón Rojo es lo que me ha hecho parar en seco en medio del corredor y dar la vuelta. Algo huele muy mal.

Algo huele muy mal. Metafórica y literalmente. Un tufo a organismos en descomposición me ha puesto en alerta. Este olor a muerte me ha recordado el patrón gráfico que vi escrito en la pared de piedra: cruces cristianas, relojes de arena, rayos de tormenta, cuadrados negros y tridentes…. ¿o tal vez los tridentes eran candelabros? Primero resonó aquel trueno y se apagaron las velas del candelabro, todo quedó a oscuras y empecé a desplazarme por este túnel cuadrado de un metro por un metro (representado por los cuadrados negros) y, después de un tiempo (tic, tac, tic, tac, reloj de arena) empiezo a notar un intenso olor a muerte (cruces cristianas). No era una pista. Era una advertencia, una señal de peligro.

Regreso a la estancia de piedra subterránea en la que ya no queda nada de agua y veo que un intenso haz de luz del sol se filtra por la rendija y señala directamente una argolla en el suelo de la que no me había percatado antes. Tiene su gracia, treinta y nueve días encerrado y ni rastro del túnel cuadrado ni de la argolla, y ahora aparece todo de repente.

Tirando de la argolla dejo al descubierto una antigua escalera de piedra con escalones más redondos que cuadrados, por el desgaste, y llenos de moho y verdín. Apesta mucho más que el túnel, pero no me queda más remedio que bajar por ella. Un desafortunado resbalón hace darme de bruces contra el suelo de un largo pasillo iluminado por decenas de antorchas sobre pie metálico de metro y medio de altura, con la mala suerte de que al caer golpeo una de ellas y no sé si los gases subterráneos de esta parte del mundo son demasiados inflamables o qué, porque todo empezó a arder y ahora lo único que puedo decir es que nunca he rezado más en mi vida, mientras corro campo a través dejando atrás el castillo del Barón siendo devorado por llamas de más de diez metros de altura y deseando que nunca jamás me encuentre.

Y ahora vivo en una primitiva aldea de Filipinas, con otro nombre y otro aspecto. Y nunca escuché hablar de ningún Barón Rojo ni de ningún castillo. Si te preguntan, diles que solo soy un humilde pescador inmigrante.

 

Pared de piedra

Pared de piedra

 

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